LA VIEJA AURORA                                                    


Cuento

 Dr, Pedro Alfonso González

La semana para Joel comenzaba los martes. El domingo trabajaba veinticuatro horas y el anterior día de guardia fue extenuante. El sismo trajo al hospital tanta gente que se abarrotó; personas de toda condición fueron atendidas donde fuera, las camas estaban ocupadas, había personas en el piso, en camillas, en las mesas del comedor general y hasta los sillones de las salas de espera tuvieron enfermos donde por cierto, hubo varios fallecimientos o gente que llegó ya en ese estado donde no lograron hacer algo por los desdichados. La entrada a trabajar era a las siete de la mañana, usaba el pequeño auto antiguo, que aún en buen estado lograba llevarlo más o menos puntual al estacionamiento de los servicios de urgencias. Desde el departamento donde vivía, a su trabajo le llevaba solo cuarenta minutos sin necesidad de tomar vías rápidas, manejaba entre las calles de la zona con habilidad y a las seis y media no se congestionaba tanto el tráfico.

Los lunes, lograba dormir a pierna suelta desde las primeras horas del día en que llegaba de la guardia, hasta casi las cinco de la tarde, hora en que el hambre le ponía de nuevo en pie. Clotilde, la mujer que hacía el aseo y la comida de los días que pasaba en casa le había cocinado esa vez, arroz, albóndigas y frijoles de la olla. Plato que terminó satisfecho, lavó sus trastes y volvió a la cama con el televisor encendido en las noticias. Se dio cuenta de la desgracia, de la gran cantidad de gente fallecida, los heridos que pudo él y sus colegas atender.

Los hijos de Joel, adultos ya, ejerciendo sus propias vidas, vivían en Tijuana y con muy poca frecuencia le buscaban por teléfono o por el WhatsApp. Esa tarde recibió un mensaje de Carmela, la mayor de ellos que le pedía prestados veinte mil pesos para los gastos de sus hijos en el colegio. Tomó el Smartphone del buró, vio la petición de Mela y con la misma lo volvió a dejar. Apagó la tele y durmió hasta las cinco de la mañana del martes.

Sin tener que usar despertador brincó de la cama como era su costumbre y fue a la cocina. La cafetera antes programada, dio muestras de vida con los olores del café, era como la inyección obligada por las mañanas. A sorbos, con solo una toalla a la cintura se metió a la regadera dejando el café en una repisa bajo el espejo y la toalla en el perchero del baño. Cerró las llaves mientras se rasuraba y así el resto de la parafernalia matutina. Se vistió con la ropa que Clotilde le dejó en el perchero de trajes y anudándose la corbata recordó a su hija y el préstamo. Era Joel, reacio a prestar dinero a sus hijos, menos a Carmela que devengaba buen sueldo y cuyo marido la dejó por una joven bonita veinte años menor. La pensión no era obligación del padre, pero iría de paso al hospital a depositarle en cualquier tienda de esas que les dicen de conveniencia. Se puso el saco casi para salir, dejó dinero en la mesa de la entrada y se dispuso a irse a trabajar. Se echó una última mirada al espejo del pequeño recibidor, acomodó el nudo de la corbata roja que lucía ese día y se fue.

Cualquier profesionista a la edad de Joel, con el nivel de estrés relativo al área en donde había sido asignado desde hacía treinta años provocaba ya evidentes enfermedades de tipo psicológico. Estar en constante compañía de la muerte desde que el país se involucró en una guerra perdida de antemano, ponía los pelos de punta cuando llegaban heridos mutilados, sin ojos o sin lengua, sin las cuatro extremidades que había que salvar de cualquier manera, aunque fueran el mismo diablo en persona. Además de las presiones de trabajar en un servicio sin recursos materiales suficientes, las había por parte de las autoridades, que emitían sanciones cuando alguna persona los denunciaba por mal trato o negligencia. Y ese martes, estaba siendo un día especialmente difícil para Joel. Tuvo un par de altercados con personas alcohólicas con heridas leves en la cabeza que no se dejan suturar, uno de esos, le golpeó la nariz derribándolo al piso, le quitó los puntos y salió a denunciarlo a la dirección. Un pequeñín con severo daño cerebral se le murió al intentar meterle un tubo en la tráquea, habiéndole vomitado antes la bata, la camisa y su corbata nueva. Lo rojo se tornó amarillo. Una enfermera le pidió la ropa para lavarla en algún lavamanos de urgencias, Joel se puso un saquillo azul y continuó su trabajo. A las diez de la noche le devolvieron la ropa y fue a vestirse al área de lockers. Ya iba rumbo al comedor vestido nuevamente, cuando lo abordan dos tipos, lo someten y lo sacan del hospital. Le amarran las manos con la corbata que aún estaba húmeda y es llevado con la cara tapada con lo que parecía un pasamontañas colocado al revés.

Una hora de trayecto le pareció al médico. Hubo silencio total en el camino. Fue bajado del auto con cierta educación. La cara le fue descubierta, las muñecas desamarradas, la corbata quedó desanudada en el piso. Se vio de pie ante la cama de una mujer de aproximadamente ochenta años, quejumbrosa, casi sentada, detenida por un montón de almohadas, respiraba con dificultad. Labios y uñas notoriamente morados, hablaba incoherencias con voz entrecortada. Un hombre de unos cincuenta años, parado junto a la cama de la vieja se dirigió a Joel en tono amable pero enfático:

─ Doctor, esta señora es mi madre, tiene dos días así y usted me va a hacer favor de curarla. Porque si ella se muere, usted también. Aquí tenemos todo lo que necesite, usted solo pida. Lo que no haya, se consigue luego luego. Yo tengo ocupaciones, aquí mi amiga lo va a acompañar, a ella ordénele lo que sea. Mi madre está primero.

El tipo salió de la habitación poniéndose en contacto con alguien por el celular y se fue. Joel, que ya había hecho el diagnóstico del cuadro, comenzó a valorar la situación. La amiga en silencio, anotó lo que él solicitaba.

La recámara era tan amplia como un salón de escuela. Los muebles de estilos variados, como si hubieran sido comprados en épocas diferentes, ocupaban los sitios debidos. Sobre un tocador tan largo como mesa de billar había lo necesario para tomarle la presión y auscultar a la enferma. Confirmó de qué padecimiento se trataba procediendo a buscar una vena y ponerle alguna solución de las que había por cajas a un lado del tocador.

─ ¿Cómo se llama señora?

─ Aurora─, dijo la viejita, con el poco aire que sus pulmones con neumonía pudieron decir.

Cuando el médico había terminado de colocar el suero, la paciente exhaló su último aliento. Joel estaba tan absorto metiendo a la vena el pequeño catéter que no se percató de que la señora en santa paz, expiraba. Lo habían dejado solo en la habitación. La pareja del hijo había ido con los guaruras a una farmacia por lo que solicitó. Al ver que el flujo de sangre se coagulaba con facilidad, le iba a pedir a la señora que apretara el puño para mejorar el grosor de la vena, cuando se da cuenta de que había fallecido.

Entre tanta almohada era muy difícil darle reanimación, pues tenía que recostarla por completo y sin una tabla bajo la espalda, sin nadie que le ayudara en ese momento, iba a ser muy difícil masajear el corazón. Le urgía pensar con claridad, los nervios antes bien controlados, estaban a punto de estallarle, era su vida la que estaba en juego.

─ ¡Qué hago, qué hago!─ se preguntaba, con gotas de sudor en la frente y escurriéndole por las axilas, respiraba rápidamente y el impulso del corazón se le podía ver a través de la camisa.

Colocó a Aurora lo suficientemente recta en la cama sin quitar los cojines, le puso las puntas de oxígeno en la nariz, pegó el tubo del suero con tela adhesiva como si estuviera funcionando dejándolo gotear en la cama y tapando la aguja con las sábanas. Buscó una salida rápida aunque suponía que sería inútil. Su celular lo dejó en el vestidor del hospital y el único teléfono que estaba a la vista era inalámbrico, con seguridad lo escucharían si pedía auxilio al 911. En eso, entran a la habitación los hombres de la vigilancia y la mujer que se dirige a Joel diciéndole:

─ Aquí tiene doctor, todo lo que pidió, se lo pongo en el tocador─ ¿Cómo sigue la señora?

─ Ya está más controlada, le puse un sedante para que descanse, con seguridad no durmió nada anoche─, contestó Joel distrayendo la atención.

─ Ay si doctor, nos dio muy mala noche y ninguno de la familia se acomidió a ayudarme así que ando muerta de cansancio.

─ Vaya a descansar, yo aquí me quedo hasta que esté más estable─, fue la respuesta del médico que parecía abrírsele una ventana de escape.

La chica agradeció el gesto de Joel, les ordenó a los sicarios que salieran del cuarto y que atendieran a lo que el médico necesitara.

El ventanal de la habitación era corredizo, daba a una terraza cubierta parcialmente por una enredadera que había trepado por años en un armazón de madera. Joel se quitó la bata, recogió del piso su corbata y comenzó a intentar la salida por el ramaje, buscaba asirse de los palos que sostenían flores y hojas de buganvilia. Abajo, un amplio jardín que llevaba a la reja de la calle que igualmente estaba cubierta por arbustos mal cuidados.

Un tipo, con un rifle de asalto caminaba por el jardín vigilando todo cuando volteó la cabeza hace la terraza donde el doctor se apoyaba en el barandal. Esperó que se perdiera alrededor de la casa y comenzó a trepar pero más tardó en agarrar los maderos viejos, que estos cedieran a su peso, con lo que Joel cayó al jardín. El golpe y el ¡Ay! en el césped atrajeron al guardia que de inmediato dio aviso mientras le apuntaba a la cabeza al adolorido médico que notó fracturada la pierna derecha.

 

Cuatro meses después la familia de Joel desistió de su búsqueda, cuando se halló el cuerpo de un hombre enterrado en una fosa clandestina en el desierto de los leones, El ADN fue coincidente con el de sus hijos.

 

 

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